El miedo a las cosas pequeñas

(Basado en hechos reales)
Con el índice y el pulgar desabrochó la cremallera de la mochilla deportiva. Había conseguido eliminar el olor a horas de esfuerzo en el gimnasio con un pequeño ambientador que le recomendó una compañera de pesas.
Era el chico mejor construido del gimnasio, y todos los usuarios se acercaban a solicitarle consejo sobre musculación, levantadas, tiempos, repeticiones, etcétera.
Esa tarde tocaba sesión de fisioterapia con María Ester, a quien confiaba sus músculos, sus dolores y temores.
Llegó diez minutos antes de la hora, de primera hora de la tarde, su favorita. Sabía que María empezaba a colocar frascos, perfumes, toallas. Empezaba a limpiar la camilla y él podía charlar con ella mientras se preparaba para la revisión quincenal.
María estaba de espaldas al culturista aficionado, colocando aceites en una de las estanterías, cuando lo vio manipular en la mochila durante un rato. Algo raro sucedía, no llegaba a entender qué podía buscar, el teléfono, quizás; la cartera, quién sabe.
Se dio la vuelta y lo miró fijamente. El culturista peleaba con un botellín de agua de medio litro.
Ambos cruzaron la mirada inocentemente, más de seis meses habían creado cierta complicidad que permitía ahorrar en palabras o utilizar algunas incómodas. "¿Pasa algo?" Dijo ella en tono sincero.
-Sí, ¿me puedes ayudar a abrir la botella de agua? -contestó con la naturalidad que da el miedo a las cosas pequeñas.
La fisioterapeuta hizo el leve gesto que supone girar el tapón de una botella y que la tremenda musculatura del joven deportista, impedía.
Al palparle las manos, las muñecas y los antebrazos, María comprobó cómo las extremidades de Julio eran una tremenda pinza de músculos incapaz de abrir una botella, pero que sin el menor esfuerzo podían izar doscientos kilos.

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