Una cantidad enorme de correos

Ayer recibí cerca de cien correos de seguidores del blog donde me comentaban su punto de vista al respecto del romanticismo, del amor, de las necesidades personales, etcétera. Todos ellos me comentaban que habían preferido no dejar su comentario, o post, porque el asunto del amor, o mejor dicho, el romanticismo, es tan íntimo que mejor ocultarlo.
Todas las aportaciones me parecieron bien, los comentarios, las alusiones a la primavera, a la primera vez que se enamoraron (incluso un conocido me explicó la primera y maravillosa primera vez que hizo el amor con su esposa...la única mujer con la que ha estado).
Me llevó buena parte de la noche leer todos los correos y de hecho apenas he contestado dos o tres, porque pensé escribir una entrada específica al respecto del romanticismo y el amor.
Y, su perfecta aliada, la soledad.
El amor se descubre tan pronto como la mamá de uno le ofrece su pecho reconfortante. Y esa cesión gratuita de vida no se olvida nunca.
Luego está el primer amor que te hace sonrojar en el colegio, o digamos con 6 u 8 años. Uno de los correos me comentó cómo recordaba la primera vez que regaló flores a una chica con apenas diez años. Si no recuerdo mal eran violetas y no era consciente de lo que suponía aquello para ninguno de los dos. (Me he quedado con las ganas de preguntarle cómo quedó aquella historia).
Otra persona me decía, de manera un tanto socarrona, que no conocía el romanticismo porque él lo único que conocía era el aquí te pillo aquí te mato...y le funcionaba. Al parecer utiliza todos los trucos de manual del perfecto conquistador y...le funciona. Así que, se pregunta de qué sirve el romanticismo si no es para...satisfacer sus necesidades vitales.
No quiero extenderme mucho con esto, pero sí, el romanticismo se esconde en los sitios más curiosos, y hasta el más ceporro o ceporra esconde un romántico en su seno.
Gracias a todos los románticos.

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