Un buen casquete


Hoy me toca ser guarrillo y no por culpa mía.
He madrugado con la resaca del fútbol, por supuesto, con ojeras y el café bajando por el pecho, mirando de reojo el sol que hoy amenaza, y bien.
Cuando de repente he visto salir de un portal a un viejo amigo, con ojeras y sonrisa. Pero sonrisa grande, enorme, de pícaro.
Al verme se ha empezado a reír a carcajadas y yo, inocente, le he dicho: "¿Qué, a trabajar?".

Su respuesta a las 7.30 horas me ha dejado boquiabierto y me ha sacado la primera sonrisa de la mañana: "¡Menudo polvo acabo de echar!".

No ha podido reprimirse, como un niño cazado en una travesura que en vez de mentir, dice la verdad de la manera más llana posible. Y me lo ha contado a las 7.30 horas de la mañana.

Supongo que la culpa de la euforia la ha tenido la selección española de fútbol, así como el hecho de que él saliera entre semana y encontrase a alguien con quien compartir dicha euforia.

Después de un rato, quizás tres esquinas, le he rogado, le he suplicado, que lo dejase ya.

Las imágenes aún me acompañaban cuando me subía al coche, y la risa aún no se me ha ido de ver que las personas disfrutan con las cosas que hay que disfrutar.

Un buen casquete.

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