Un mundo de fantasía

Como ayer era día 6 de enero jugué con mis juguetes (mis niños con lazos rojos brillantes) y vi películas...de esas que han puesto mil veces, sino trescientas.

Pero me quedo con dos: Matrix y Charlie y la fábrica de chocolate.

Son dos opciones bastante obvias pero las navidades tienen esta característica. Y mis niños se sientan conmigo a ver cine y se quedan embobados: con los dibujicos, con los seres extraños y con la música. Emocionante fue el final de Matrix cuando empieza a sonar estruendosa la canción de Rage Against the Machine y mis hijos, con sus diminutos resortes, empezaron a bailar en el salón (lágrimas de padre orgulloso, futuros headbangers).

Con Matrix me pasa, cada vez que la veo, lo mismo que me pasó cuando la vi en el cine en Granada: me dan ganas de comerme el mundo, de comprarme un traje de Armani y un chaquetón de cuero brillante. Aunque también me dan ganas de comprarme un macuto lleno de metralletas y empezar a derribar edificios. Filosofía matrix. Pero, sobre todo, me dan ganas de volar al estilo Neo, porque sí, sin sentido, porque puedo.

Pero luego vino Charlie (recomiendo el libro aunque también recomiendo lass películas de Tim Burton, la verdad. Y Un mundo de fantasía, de Mel Suart) y me llevó al mundo de las moralejas donde las personas buenas reciben su recompensa y los malos no reciben nada o se convierten en chicas morado-azuladas, niñas repletas de basura o chicos alargados.

El mundo de fantasía donde un ascensor te lleva donde tú quieras con solo apretar el botón (otra vez estamos volando) y hay cientos de posibilidades con las chucherías y el chocolate.

Esta noche he soñado con puzzles y peonzas, libros con ruedas, peluches musicales y una cacerola gigante de chocolate, mientras yo volaba con un traje negro, gafas negras y un chaquetón de cuero...negro.

No os digo hasta dónde he llegado.

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