se derriten como helados

Me dije este verano, después de leer una entrevista con una escritora de cuentos infantiles que yo iba a hacer lo mismo que ella, seguir su misma práctica.Pero no lo he hecho, podría justificarlo de mil maneras, pero las justificaciones se caen por su peso, como suele suceder.

Esta escritora decía que como en cualquier otra experiencia, era importante no perder el hábito, no dejar de entrenar, y aunque no saliera nada bueno, cuentos geniales, novelas más vendidas o simples ideas adecuadas, era importante no dejar de escribir a diario para entrenar tanto la mente como los dedos.

Se supone que es una buena experiencia y que, además, puede conducirte a gratas sorpresas como que sin querer, aparezcan esas ideas geniales, esos cuentos magníficos, esa novela más vendida. Escribes la lista de la compra, escribes números, días de la semana, escribes comentarios que has escuchado en la calle. Pero no paras de escribir.

Entrenar, entrenar y entrenar. No dejar de botar el balón con la mano izquierda.

Pero cuando uno es perezoso como me he vuelto yo, pues no hay manera.

¿Por qué se hace uno perezoso?

Retomo mi lista de justificaciones de antes (que no he dicho, por vergüenza) y me vienen de maravilla. A mí solo, porque los demás os reiríais de mí.

Y sigo tratando de pensar ideas geniales (sí, sí, que siempre se derriten como helados, de Los Ilegales) pero no consigo plasmarlas ni convertirlas en petróleo.
 
Lo peor de todo es que he faltado a la promesa conmigo mismo y no he entrenado, me han salido michelines en la mente.
 
¡Con lo fácil que salen y lo complicado que es quitárselos de encima!

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