palabras sin ínfulas con aromas sugerentes

no sé de muchas cosas, pero las cosas que sé...tampoco las sé demasiado bien; no soy como el tipo que vive de paseo por las calles de albacete y, de noche, se resguarda en el albergue municipal. suele decirle a la gente: "fíate de lo que digo, porque lo poco que digo es verdad".

ella me dijo que el vino que había elegido no era un vino adecuado al precio que había pagado. 

lo sé, lo sé, lo sé. me dejo llevar por la sonrisa encantadora de serpiente de los vinos jóvenes, por sus coloridas etiquetas y aromas sugerentes.

ella me dijo que el vino tenía ínfulas.

lo sé, lo sé; fátima y yo nos bebimos la botella antes incluso de empezar a reírnos y abrir otra.

¿cuál es el problema? si acaso, una botella menos.

en algún otro momento, un conocido me dijo que la vida era demasiado corta para beber mal vino. 

¡tantos malos vinos me he bebido! pero malos, malos. no dispongo de la capacidad de escupir el vino y correr hacia uno mejor. no dispongo de la capacidad de encontrar perlas, ni pepitas de oro, por mí mismo.

he bebido vinos de esos que te obligan a cucar el ojo según entran en tu boca; de los que no se suavizan ni con gaseosa revoltosa. los que están fríos en invierno, ardiendo en verano.

¿te lo cuento? el mejor vino que me he bebido, lo bebí con fátima mirándome, antes de las risas, durante las risas, y un rato después. se llamaba con un nombre adecuado a un buen vino, tenía una etiqueta con un diseño rompedor que no olvidaré jamás.

pero lo malo de ser como yo es que sé muchas cosas, muchas que olvido a los dos segundos y cientos de sandeces que recuerdo con nitidez, como aquel capítulo de futurama en el que fry es millonario durante buena parte del episodio y su única obsesión son las anchoas...para pizza...



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