Los alicientes de la señora Johnson
Los pequeños alicientes facilitaron la sonrisa de la señora Johnson.
Pequeños
alicientes como mirarse los dedos de las dos manos, comprobar que el color de
sus uñas era inadecuado al ánimo de aquella semana, o a la previsión del
tiempo. Modificarlos.
Los
pequeños alicientes motivaron la sonrisa de la señora Johnson; como acariciar
las pequeñas migas de pan que iban cayendo de las dos tostadas con aceite de
oliva virgen extra, que caían sobre la bandeja de su desayuno, donde, además
del plato brillante y de color azulón, colocaba una taza de té negro.
Reunía
las migas, las aplastaba con el dedo índice, las dejaba deslizarse sobre la
taza vacía de té. Si quedaban migas en la bandeja, no suponía ningún problema.
Si no quedaban migas en la bandeja, no suponía ningún problema. Era importante
haber terminado la infusión.
Los
pequeños alicientes, como llevar la bandeja al fregadero, limpiarla con una
bayeta húmeda. Fregar el plato con suavidad, fregar la taza con firmeza, porque
cualquiera sabe que el té deja un rastro oscuro que, de no eliminarlo,
permanecería de manera permanente.
La
señora Johnson reparó en las partículas brillantes, las gotas de agua, recordó
un viejo relato que había leído en su infancia, no recordaba el nombre del cuento,
no recordaba el nombre de la escritora, «quizás fue un escritor; antes apenas
había escritoras». En aquel relato una preciosa mujer vivía en una gota de agua
y un científico se volvía loco contemplándola y viéndola desaparecer ante el irremediable
acontecimiento de la evaporación. «¡Anímula! Así se llamaba, qué cabeza de
chorlito».
Los
pequeños alicientes, admirar lo inefable. Admirar lo diminuto. El recuerdo, el
olvido.
La
señora Johnson se miró las manos húmedas, las secó un poco con el trapo de
cocina. Recordó cómo su psicólogo le dijo, en la tercera cita, que muchas
personas mostraban algunas de sus carencias afectivas a través del sencillo
gesto de secarse las manos: por la urgencia, la impaciencia, la necesidad. A
ella le pareció tan divertido que, cada vez que tomaba conciencia de aquel
gesto, se deleitaba secándose cada uno de sus dedos: el pulgar, el índice, el
corazón, el anular, el meñique.
«¡Qué
gran nombre! Soy el dedo meñique».
Los
pequeños alicientes motivaron y seguían motivando la sonriente alegría de la señora
Johnson, que había decidido sustituir su anterior nombre para que nadie
alterase sus rutinas alegres, divertidas incluso; sus rutinas cotidianas,
sencillas y encantadoras. «¿Quién, si no yo, sabe quién soy yo, sea cual sea mi
nombre, sea cual sea el estado de mi tristeza?».
La
señora Johnson se miró la punta de los pies descalzos, le gustaba caminar sin
calcetines ni zapatillas por su casa. Eso la obligaba a tener el suelo limpio.
Se miró la punta de los pies. Cinco dedos, «¿debería pintarme las uñas de los
pies? Debería». Pulgar, índice, corazón, anular.
Meñique.
